Cuando el rinde deja de crecer: el replanteo de un productor del NEA frente a sistemas exigidos
Eduardo Arduino, productor de la Chacra Aapresid La Paloma, revisa decisiones clave para sostener productividad en campos que, tras años de agricultura continua, empiezan a mostrar señales de agotamiento.
Publicado el 27 de mayo de 2026

De la mano del aprendizaje colectivo junto a otros productores de la zona de La Paloma (Santiago del Estero), el apoyo de empresas y especialistas de INTA y UNER, el productor Eduardo Arduino revisa decisiones clave para sostener productividad en campos que, tras años de agricultura continua, empiezan a mostrar señales de agotamiento. Compactación, cobertura, nutrición y manejo del agua, en el centro del cambio.
Después de más de dos décadas de agricultura continua, los primeros síntomas empezaron a hacerse visibles: rindes que se estancan, lotes más sensibles a la sequía y cultivos que pierden estabilidad. En el NEA, donde los ambientes ya son exigentes por naturaleza, esos indicios encendieron una señal de alerta.
“Durante muchos años el sistema funcionó muy bien, pero empezó a mostrar un desgaste claro. Lo que antes era estable, hoy se volvió mucho más variable”, cuenta el productor, integrante de la Chacra La Paloma de Aapresid. Lejos de buscar respuestas aisladas, el camino fue meterse en un replanteo integral del sistema.
Compactación: el problema silencioso
El punto de partida fue el suelo. “La siembra directa fue clave para poder producir en estos ambientes, pero con suelos limosos, bajos niveles de cobertura y el tipo de rotación, la compactación comenzó a condicionar cada vez más la captura de agua, la exploración de raíces”, explica Arduino. El impacto no es menor: menos raíces implica menor acceso a agua y nutrientes, peor desempeño de los cultivos y mayor vulnerabilidad en campañas secas.
Ese diagnóstico obligó a cambiar el enfoque: más que pensar cultivo por cultivo, empezar a diseñar estrategias que reconstruyan el suelo.
Cobertura: una variable que redefine decisiones
Uno de los grandes quiebres conceptuales vino de la mano de la cobertura. En sistemas donde el algodón tiene peso, el balance no siempre es positivo. “El algodón genera materia seca, pero no cobertura efectiva. Son palos dispersos y el suelo queda muy expuesto”, señala.
Ese dato, que parecía menor, terminó influyendo fuerte en la rotación. “Hoy elegimos cultivos por la cobertura que dejan, no solo por el rinde. El algodón pasó a jugar un papel secundario, en la elección de híbridos de cultivos como maíz se priorizó la producción de materia seca por sobre el rinde y se incorporaron nuevas opciones, como los cultivos de servicios en invierno, el sorgo y las intersiembras”.
La cobertura pasó a ser estratégica: regula temperatura, mejora la infiltración, reduce evaporación y aporta resistencia mecánica al suelo.
Agua: decidir con el perfil, no con la expectativa
En el NEA, el agua manda. Y en este caso, el aprendizaje fue claro: no alcanza con mirar el cultivo, hay que mirar el perfil. “Aprendimos a medir agua a dos metros. Cuando consumís el primer metro, generalmente se recupera; cuando entrás en el segundo, ya entrás en zona de riesgo para el cultivo estival”, reflexiona Eduardo.
Esa lectura cambió el manejo de cultivos de servicios. “No buscamos hacer mucha biomasa si eso compromete el cultivo siguiente. Vamos monitoreando y, si el perfil no se repone, secamos” explica Arduino.
La decisión deja de ser agronómica en términos clásicos y pasa a ser estratégica: priorizar el cultivo de renta por sobre la cobertura cuando el recurso es limitante.
Nutrición: compensar lo que el suelo no puede dar
La degradación física también empezó a expresarse en lo químico. Menos raíces, menos eficiencia en la absorción. “Cuando el suelo no deja explorar, la nutrición pasa a ser una herramienta para compensar”, explica.
En ese contexto, la fertilización dejó de ser una variable ajustable para convertirse en un piso. Pero además, empezaron a aparecer nuevas respuestas. “El zinc empezó a mostrar resultados, sobre todo en maíz. Antes no lo mirábamos tanto y hoy empieza a marcar diferencias”.
Hoy se piensa en aplicaciones foliares de micronutrientes - sobre todo cuando el desarrollo radical es escaso - y en el seguimiento de indicadores complementarios que condicionan la disponibilidad real de nutrientes, como pH y MO.
En algodón, en tanto, la respuesta a la nutrición nitrogenada se volvió más evidente en lotes con historia agrícola larga.

Malezas: otra amenaza que busca ganar terreno
La presión de malezas también escaló, especialmente en campañas secas. “Con cultivos más débiles y menos cobertura, las malezas avanzan mucho más y las aplicaciones pierden eficiencia”, advierte el productor.
Especies como Borreria o gramíneas problemáticas encontraron condiciones ideales. “La clave estuvo, otra vez, en la falta de cobertura”. La inclusión de cultivos de servicios en invierno dificulta la instalación de malezas como Borreria, respecto de barbechos. Esto se debe a que las semillas de esta especie necesitan temperaturas alternadas y luz para germinar.
Pero además, la cobertura concentra las emergencias que se puedan producir, facilitando la efectividad de controles químicos (ver más en Congreso Aapresid 2025).
Deriva en algodón: convivir con el riesgo
En una región con alta diversidad productiva, la deriva de herbicidas —especialmente hormonales— es un problema recurrente. “Siempre hay algún evento de deriva en algodón. Muchas veces ni sabés de dónde viene”.
Ante este escenario, junto a los productores de la Chacra La Paloma ensayaron el uso de bioestimulantes para la recuperación de cultivos dañados por fitotoxicidad. Sobre todo en aplicaciones foliares dobles vieron respuestas positivas: rebrote de ramas, mejoras en desarrollo foliar y retención de frutos. Los bioestimulantes actuaron promoviendo la actividad metabólica de la planta luego del daño del herbicida.
Sin embargo, Arduino aclara: “hoy tratamos de ayudar al cultivo a recuperarse con bioestimulantes, pero estas herramientas son complementarias y no reemplazan las buenas prácticas de aplicación. La clave sigue siendo la prevención”.
Un cambio de mirada
Más allá de las prácticas puntuales, el mayor aprendizaje fue conceptual. “Cuando empezás a medir y cuantificar, cambia la cabeza. Dejá de tomar decisiones por costumbre y pasás a manejar el sistema con otra lógica”.
En un contexto donde los ambientes son cada vez más exigentes, el mensaje es directo: sostener productividad no depende de una receta, sino de entender los procesos. “El desafío no es producir más un año, sino sostener el sistema en el tiempo. Y eso te obliga a mirar mucho más allá del cultivo”.