Biocontroladores en Argentina entre potencial y uso real
Aunque crece el interés por los biológicos, persiste una brecha entre su potencial y los resultados a campo que invita a repensar su lugar en el manejo.
Publicado el 1 de abril de 2026
El uso de fitosanitarios químicos ha contribuido significativamente a aumentar la productividad agrícola en las últimas décadas aunque también plantea desafíos en términos ambientales y de sostenibilidad. En este contexto, los biocontroladores surgen como una alternativa complementaria para dentro de estrategias de manejo más integrales. Sin embargo, su incorporación en los sistemas agrícolas todavía muestra una brecha entre su potencial técnico y la evidencia disponible a campo.
¿Qué son los biocontroladores?
Estos productos incluyen una amplia gama de agentes de origen biológico, como microorganismos, compuestos bioquímicos derivados de organismos vivos, extractos vegetales y enemigos naturales. Estos pueden actuar sobre plagas y patógenos a través de distintos mecanismos de acción, en algunos casos con mayor especificidad y menor impacto ambiental que los fitosanitarios químicos (Fig. 1).

Si bien se posicionan como una herramienta prometedora frente a problemáticas como la resistencia a fitosanitarios o las crecientes demandas de sistemas más sustentables, su desempeño está fuertemente condicionado por el ambiente y el manejo, lo que plantea desafíos para su adopción generalizada.
Una adopción aún parcial
Los resultados de la Encuesta REM 2025 permiten dimensionar el estado actual de esta tecnología en Argentina: qué tan extendido es el uso de biológicos, en qué cultivos se aplican, con qué objetivos y cuáles son las principales barreras que limitan su adopción. Según el relevamiento, sólo el 37,7% de los productores encuestados utiliza algún tipo de producto biológico o bioinsumo agropecuario (sin considerar inoculantes) (Fig. 2).
Esto confirma que, si bien existe interés creciente en estas herramientas, la adopción todavía es incipiente en muchos sistemas productivos. Incluso entre quienes los utilizan, el nivel de integración dentro del manejo es todavía limitado. Solo 38,7% de los usuarios usa biológicos en una proporción significativa de su superficie. Esto indica que muchos productores están probando estas tecnologías, pero aún no las han incorporado plenamente a sus esquemas productivos.
En cuanto al tipo de productos empleados, predominan los bioestimulantes (44,5%) como extractos de algas, aminoácidos, elicitores, bioquímicos, asociados principalmente a funciones fisiológicas o de nutrición. En segundo lugar los Biofertilizantes (40,1%), promotores de crecimiento, y en menor medida aparecen los Biocontroladores (15,4%), que requieren un mayor nivel de conocimiento técnico y un posicionamiento agronómico más preciso.

¿Dónde y para qué se utilizan?
La adopción de biológicos se concentra principalmente en los cultivos de mayor superficie del país. La soja lidera con el 50,3%, seguida por trigo con 20,2% y maíz (16,2%), mientras que cebada y girasol presentan una menor participación (5,2%).
Al analizar los objetivos de uso, los datos muestran que, por el momento, estos productos se posicionan principalmente como herramientas complementarias: manejo del estrés, recuperación del cultivo, mejora de la nutrición o para pruebas a campo. Es decir, no se utilizan de forma extendida como reemplazo directo de productos químicos, sino como parte de estrategias de diversificación del manejo.
Principales limitantes a campo
Uno de los principales desafíos señalados por productores y asesores es la consistencia de los resultados a campo en condiciones reales. A diferencia de los fitosanitarios de síntesis química, los biológicos dependen en gran medida de factores ambientales, como la temperatura, la humedad, la radiación, la biología del suelo y el estado del cultivo, entre otros.
Esta sensibilidad puede generar respuestas menos predecibles que los fitosanitarios convencionales y variables entre campañas, regiones o sistemas productivos, dificultando su posicionamiento agronómico. A su vez, suelen presentar menor persistencia ambiental y modos de acción más lentos, lo que exige mayor conocimiento técnico y precisión en el momento, dosis y condiciones de aplicación y uso general.
A estas cuestiones se suman limitaciones estructurales que todavía condicionan su adopción. Entre ellas, la literatura menciona: dificultades para desarrollar formulaciones estables, vida útil más corta en comparación con muchos productos sintéticos, mayores costos asociados al proceso de registro y regulación, desafíos en la producción a gran escala de materias primas biológicas y menor disponibilidad de información agronómica validada en distintas condiciones productivas.
En línea con esto, los productores identifican como factores clave para acelerar su adopción: mayor conocimiento sobre su implementación (37,5%), una mejor relación costo/beneficio (21,9%), más capacitación técnica (20,5%) y en menor medida una mayor difusión del portafolio disponible y oferta de productos.
De la brecha a la oportunidad
El escenario actual refleja una situación que también se observa a nivel global: los biocontroladores presentan un alto potencial, pero su adopción masiva aún depende de generar evidencia consistente a campo y mejorar su integración en los sistemas productivos.
En este sentido, avanzar en la generación de información agronómica local, fortalecer la capacitación técnica sobre su correcto posicionamiento y desarrollar estrategias de manejo que integren estas herramientas dentro de los programas de manejo habituales de manera efectiva serán aspectos clave para su consolidación.
En este sentido, la construcción de confianza a partir de resultados consistentes y mayor capacitación técnica es uno de los principales desafíos para el crecimiento de estas tecnologías. Este avance dependerá del trabajo conjunto entre investigadores, industria, productores, responsables de políticas públicas, organismos gubernamentales y otros actores relevantes.
Lejos de plantearse como un reemplazo directo de los fitosanitarios tradicionales, los biológicos se perfilan como una herramienta complementaria dentro de los esquemas de manejo integrado. A medida que se acumulen experiencias locales y resultados en condiciones reales, podrían ampliar su rol en la construcción de sistemas agrícolas más resilientes y eficientes. En ese sentido, la “brecha” observada hoy podría convertirse en una oportunidad de innovación agronómica para los próximos años.